Ganar o perder son las dos principales consecuencias a las que se enfrenta cualquier deportista en la competición. Ganar es una sensación increíble. Unos las disfrutan en los diez primeros segundos y otros pasadas unas horas. Con una victoria es más fácil, cómodo y agradable volver el lunes a los entrenamientos. Los jugadores van con alegría y los entrenadores acudirán con el convencimiento de que su trabajo merece la pena.
Sin embargo, no siempre se gana. Afortundamente hay otros muchos motivos por los que practicar deporte, incluso sin existir competición de por medio. Entonces hay que buscar razones para practicar deporte de manera habitual. Y creo que la unica y fundamental es la superación diaria de cada uno. Pero el camino no es fácil, ni a nivel físico no siquiera a nivel mental.
Para empezar el aliciente de la competición en si es un buen motor para acudir al entrenamiento. Si quitamos ese aliciente, y hablamos de “deportistas callejeros” (me considero uno de esos), hay que buscar dentro de uno mismo para mantener ese espiritu deportivo. Hay una época en la que la ilusión y la rápida o no tan rápida mejora te ilusiona y te empuja a seguir practicando deporte, haciendo ejercicio. Sin embargo, hay un punto en el que parece que el cuerpo ha tocado su techo, existiendo un riesgo de desmoralización. Es el momento de hacer una reflexión, de mirar qué se está haciendo y cómo y si cabe la posibilidad de hacer algo de manera distinta y que permita evolucionar y superarse.
El riesgo entonces está en no conocer nuestros límites y convertir la pasión y el disfrute en una obsesión: los tiempos, los pulsómetros, el volumen de entrenamiento, los sets jugados… . Es el momento de hacer un parón y pasar a la tercera fase: disfrutar haciendo deporte y disfrutar de sus beneficios para la salud.
Pero ese disfrute siempre lleva aparejado de nuevo algo de sufrimiento, algo de superación, que al fin y al cabo es el ingrediente básico del deportista.
En la alta competición podemos encontrar también sucesos curiosos que si nos paramos a reflexionar encontraremos también puntos interesantes. El exceso de victoria a edades tempranas puede derivar en que de pronto el deportista no se encuentre con retos a superar. Puede ser el caso de Rafa Nadal, que siendo joven ha ganado todo lo que cualquier otro tenista tardaría en hacerlo toda su carrera deportiva. Gestionar ese éxito y saber poner metas que ayuden a seguir en la competición es una tarea dificil, pero grata del entrenador, en este caso, Toni Nadal, garante del éxito de Rafa. En el caso de Fernando Alonso podría ocurrir lo mismo, aunque lleva dos años en que su motivación sigue siendo recuperar el trono.
Recientemente hemos visto un ejemplo espectacular. Un deporte, el atletismo, no tan mediatico como el tenis o el automovilismo. Una disciplina aun menos atractiva para medios de comunicación, los 50 kms marcha. Jesús Angel García Bragado con 39 años aún sigue entrenando a diario para lograr éxito, para superarse. Incluso de plantea acabar en los europeos de Barcelona y correr el año que viene una maratón. Esto también es superación diaria.
Las canteras es uno de esos conceptos con los que se le llena la boca a muchos dirigentes y aficionados deportivos pero que creo es uno de esos conceptos sobre los que no se ha hecho una reflexión a fondo. Los clubes de alta competición sean del deporte que sean, tienen la obligación de que en sus estructuras y organigramas aparezca la palabra “cantera”. Sin embargo, esa obligación no se traduce en una obligación de trabajo o de planificación a medio plazo, pues a corto la cantera pierde su sentido.
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La competición es la culminación de los entrenamientos para cualquier deportista, es el objetivo por el que se trabaja durante un período de tiempo. El día D a la hora H está en la mente de cualquier deportista. Sin embargo, los entrenadores o técnicos también tenemos nuestra propia hora H el día D (que es la misma que la de los deportistas, que nadie tema), aunque afortunadamente pasamos más desapercibidos.





